Mi corazón tiene una forma rara,
lo sé, desde chica.
Me daba pena.
Lo ocultaba.
Le cosía cachitos de tela
para rellenarlo,
pero nada
nunca aguantaba.
Su forma:
angular,
simétrica,
con pequeños ganchos
donde colgar humanos
por muchos años.
Casi nadie
la reconocía.
Lo ven y dicen que lo entienden,
como hombres arrogantes en museos,
y como esos hombres
intentan explicarme
de qué va:
¿Ves este pico? este pico sobra.
Sería mejor quitarlo.
Y acá, acá hay un hueco
que significa soledad.
No es un corazón cómodo.
Es más pesado de lo normal
y está cargado hacia la derecha,
lo cual complica el caminar.
Y luego, un día, nació mi hijo.
Un niño perfecto,
con ojos oscuros
y un lenguaje inventado.
Y su corazón,
simétrico y angular,
con pequeños ganchitos,
y un huequito
que aún no sabemos
qué podría significar.