viernes, febrero 06, 2026

Un fantasma

Tal vez eras una lección,
una de esas personas fantasma
del presente o del pasado
que vienen a dejarte
algo terriblemente claro.

Pero no puse atención.
Andaba perdida hablando,
tomando cerveza,
mirando tus ojos sonreír.

Porque sonreían
a mis pendejadas
y se nos fue el tiempo.
Y no aprendí nada.

Libros

No me gusta guardar libros
por guardar libros.
Como papel tapiz que dice:
mira cuánta palabra
me he embutido,
seguro soy interesante.

Si entraras a mi depa
pensarías lo contrario.
Pero esos libros no son míos.
Son de alguien que se fue
y no se los llevó.

Supongo que a él
no le gusta cargar libros.
Arrastrar tantas fantasías,
tantos sueños ajenos,
tantos logros de otros.
O quizá
simplemente
no quiso buscarles lugar
a todas esas ideas.

Poco a poco
los voy sacando.
Depuro el espacio
de libros que no sentí,
que no extraño.

Poco a poco
reclamo mi lugar.
Libero la pared.

El librero deja de sentirse atacado.
Ahora está calmo.
Hay más blanco,
un blanco
que no pienso volver a tapar.

miércoles, febrero 04, 2026

La costumbre

Estaba acostumbrada
a llevar mis deseos
bordados por adentro,
con hilo que imitaba
mi sangre y mi piel,
enunciados capaces
de confundirse con la grasa.

Cubiertos,
callados,
fingiendo ser educados.
Que no me delataran,
ni siquiera
cuando me desnudaba.

Deseos húmedos en la garganta,
la casa de una voz
que hablaba mucho
pero no los nombraba.
Aprendí a conversar de otras cosas,
a morder la lengua,
a esquivar ciertas palabras.

Estaba acostumbrada
a no pronunciar mi nombre completo,
a partirlo en sílabas
fáciles de tragar.
Omitir mi biografía.
No dejar que todo el color de mis ojos
saliera al mundo,
porque el mundo
no lo deseaba.

Siempre al cincuenta por ciento.

Estaba acostumbrada, al menos,
a intentarlo.
Porque no duraba.
Eventualmente la verdad
se escurría;
salía de mis poros,
cuando estaba excitada;
o la escupía,
en un enunciado directo,
sobre un cuerpo agitado.

Después de eso
todo cambiaba.

Estaba acostumbrada
a que, una vez bien vista,
vista por completo,
desviaran la mirada.

Las ganas de tocarme
se quedaran en las manos
o espumaran en los labios.
Pero el cariño,
la confianza,
la calma,
se evaporaban.

martes, febrero 03, 2026

La playa

Me has dejado como que fui a la playa:
como que el mar me tragó un rato,
me dio muchas vueltas
y me regresó a mi cama.

El sol dándome besitos
en los brazos,
las piernas
y la espalda.

He llegado sonrojada,
cansada.
Con hambre.
Maravillada.

Me has dejado con la mente perdida,
relajada;
el cuerpo agotado,
planeando
la próxima escapada.

martes, enero 27, 2026

Enero dump

La vida, toda vida,
siendo intensa
bonita
y cansada.

Esperando las noches
para llenarlas de lucesitas,
ode pesadillas
o de algunas caricias.

La vida, toda vida.
Con dolor
y pérdidas
y amigos que no se van.

Con un pequeño humano
que me toma de la mano
y pide
que vayamos a caminar.

lunes, enero 26, 2026

So

Así que
me gustas
y no tengo un plan claro
de qué hacer con esto.

Como el tiempo libre
después de la clase de natación:
te dejan nadar sin técnica,
bucear
o solo flotar,
con los músculos cansados
de todo lo demás.

Podría dormir sobre esa agua:
el olor a cloro,
el sonido ahogado.

Duermo sobre este cariño;
también es cálido
y limpio.

martes, enero 20, 2026

Sin nombre

Ya no vienes por aquí.
No es que yo lo sepa
(no tengo forma de saberlo),
es algo que decidí.

Ya no puedo escribirte nada;
tu tiempo en mi vida se agotó.
Y está bien.
Ya no recuerdo tu voz.

Algún día,
en el futuro,
tal vez te sueñe.
Pero despertaré,
tranquila,
de nuevo,
por no tenerte.

jueves, enero 15, 2026

Pero en la noche

Es raro ya no contarte.
Habrías disfrutado esta historia.

En el momento no.
Me verías sonrojado,
perturbado,
pensando
que alguien me manipula.

Pero en la noche.
Entre sábanas frías.

Te la hubieras repetido.
Cambiando la perspectiva.

Imaginando más.
Juntando recuerdos.
Editando los miedos.

La habrías disfrutado.

martes, enero 13, 2026

Raclette

El otro día te vi
y pensé en la raclette.

¿Te he contado la historia de la raclette?
Supongo que no, porque no es una historia de acción.

Hace muchos años, cuando tenía 18, estuve en París porque mis papás me lo pagaron. Estudiaba francés con gente de todos lados y un día un amigo de Guatemala (que me hablaba de usted) me dijo que quería llevarme a un lugar muy lindo.

Era una taberna pequeña en el Barrio Latino donde vendían raclette.
Nunca en mi vida había visto algo así. Cada mesa tenía medio queso enorme y un mini radiador para derretirlo. No había mucha luz, pero los radiadores iluminaban todo con una luz cálida y tenue, como salida de alguna película.

Mi amigo pidió el queso, una charola de carnes frías, otra de verduritas… y supongo que también hubo vino. Fue una de las mejores comidas de mi vida. Estar ahí, derritiendo queso, comiendo pepinillos, hablando de boberías, riéndonos y derritiendo más queso, fue perfecto.

Al salir, marqué la dirección del lugar en mi mapa. 

Luego regresé de París.
Y nunca más volví.
(Ni a Francia, ni a París, ni a la raclette).

Durante un tiempo pensaba en ella solo por antojo. La recordaba como algo que, si bien ya estaba en mi pasado, seguramente también estaría en mi futuro. La arrogancia de vivir del dinero de otros. Guardé el mapa con la dirección y seguí con mi vida.

El tiempo pasó. Viajé a otros lugares, viví otras cosas. Y un día, frente a un asado uruguayo, feliz, comiéndome la mitad del corazón del borreguito que habían sacrificado, recordé la raclette. No por nostalgia ni por antojo, sino porque noté que estaba otra vez en medio de algo lleno de comida, conversación y alegría. El lugar era otro; la emoción, la misma.

Con el tiempo acepté que habían pasado suficientes años como para asumir que probablemente nunca volvería a probar esa raclette: no sabía si el lugar seguía existiendo, si sabría llegar o si sería igual de buena. Pero también había pasado suficiente tiempo como para entender que algunas cosas no se borran fácilmente. Ese día seguía conmigo, y todos los otros momentos acumulados también.

Desde que acepté eso, pienso en la raclette cada vez que estoy frente a un platillo así de bueno, en un lugar hermoso, con personas que me importan. Lo miro como algo único. Algo que hay que disfrutar con atención y gratitud, porque después solo quedará el recuerdo. Y ese sabor exacto (esa combinación precisa de sensaciones, compañía y emoción) no volverá. Nunca.

Sé que la vida es así con todo. Cada vez que me despido de mis papás sé, aunque no lo diga, que podría ser la última vez. Nunca sabemos qué cosas se repetirán.

Pero pensar en la raclette es distinto. Es aceptar que algunas cosas las viviré una sola vez y que, después, solo las llevaré conmigo como recuerdos. Esa certeza me despierta y me obliga a estar presente: disfrutar el momento sabiendo que no será recurrente y que, justamente por eso, es extrañamente más hermoso. Comer sin prisa, poner atención a los sabores y a la charla, vivir por completo esas horas y luego guardarlas.

Siempre me pasó con la comida; supongo que es lo que más me conmueve en la vida.

O me pasaba, al menos, solo con la comida.
Porque el otro día te vi
y pensé en la raclette.

lunes, enero 12, 2026

Hey

Me gusta que me vean
desnuda,
y me gusta que me lean
honesta.

Me gusta que me toques,
y me gusta que me dejes tocar.

Libertad.

Me gusta tu mirada
que regresa.
Tu cara, tus ojos, tu cabello:
lo que ofrezcas.

Uno de esos

Uno de esos días
en los que la vida gira
en un ángulo importante.
Nunca más seré igual.

No todos se enterarán.
Un buen amigo,
una mejor amiga,
dos o tres amantes.

Una de esas noches
en las que dejo que la vida
me mueva como quiera,
como arenita en la marea.

Uno de esos recuerdos
que guardaré
en mi sonrisa,
en mi mirada,
en mi deseo.