Cada uno tenía su propio árbol.
Los más grandes,
los más fuertes,
eran dueños de los zapotes
y te atacaban con ellos desde arriba
si no te querían
o si te querían hacer llorar.
Los más grandes,
los más fuertes,
eran dueños de los zapotes
y te atacaban con ellos desde arriba
si no te querían
o si te querían hacer llorar.
A mí no me atacaban.
Yo no sabía escalar.
Algún día, uno de ellos me esperó.
Me llevó a un árbol.
Era más pequeño,
pero sí tenía frutas.
Este fue mi primer árbol
me dijo.
Yo lo vi muy complicado
y él adivinó lo que pensaba.
No, tiene un truco,
me explicó.
No se nota bien,
pero tiene escalones.
Me enseñó.
El truco era girar con el tronco
hasta llegar a una rama fuerte,
lejos del piso,
más cerca del cielo.
hasta llegar a una rama fuerte,
lejos del piso,
más cerca del cielo.
Me regaló su primer árbol
y se quedó conmigo toda la tarde.
Yo no supe entender
ese nivel de ternura.
Era pequeña.
Aún no sabía escalar.
Aunque era querida
y a mí no me atacaban.