Su mano se levanta un poco.
Y sonríe.
Y sonríe.
Las personas que suben a su vagón lo ignoran.
Yo, desde la plataforma,
le sonrío.
Imito su cuerpo,
que parece cargar tristeza.
Imito su mano tímida,
que no termina
de comprometerse con el adiós.
Se ríe.
Le digo chao,
sin lograr que salga sonido.
Mi voz
se niega a participar.
Las puertas entre nosotros se cierran
y el metro empieza a avanzar.
Él se va.
Yo me quedo.
Lo alcanzo a ver
desde una de las ventanas:
una imagen movida,
todavía su sonrisa,
todavía su mirada.
El último momento.