Alguna vez,
uno de esos hombres me habló por teléfono.
Bueno,
aún no era un hombre hombre,
más bien un recién graduado
de la adolescencia.
Ebrio y emocionado,
me preguntó
si me podía casar con él.
Cinco años después,
otro hizo lo mismo.
Ese no estaba ebrio.
Quizá solamente asustado.
¿De perderme?
¿De quedarse a mi lado?
Nunca lo sabré.
Otro me dijo
que dejara todo
y me fuera a vivir a su casa.
Uno más fue sencillo:
solamente me solicitó
que nunca lo olvidara.
Cuando era muy joven,
mi cuarto novio me pidió
un pedacito de mi espalda.
Otro, el poder nombrar mi lunar.
Ya en esta ciudad,
uno de esos hombres
que tanto me gustaban
se acostó sobre mis piernas,
me dio un libro de poemas
y me dijo:
léeme.
Déjame quedarme dormido así.
Otro pidió de regalo
que lo acompañara
a la comida de su cumpleaños.
(estaba recién divorciado).
Y yo,
que soy de ir con el flow,
acepté.
Dije que sí.
Los dejé entrar.
Total,
todo sea for the plot.