Lo pequeñito que puede ser un humano.
Lo inocente.
Un niño que se sabe amado
anda por la calle sonriente,
saluda a desconocidos,
se detiene a ver insectos y flores,
baila si escucha música,
habla de lo suyo,
pregunta por lo mío.
Lo enorme que puede ser cada segundo.
Eterno y frágil.
Un instante,
un túnel en el tiempo,
que, una vez atravesado,
nunca volverá a ser el mismo.