Estaba acostumbrada
a llevar mis deseos
bordados por adentro,
con hilo que imitaba
mi sangre y mi piel,
enunciados capaces
de confundirse con la grasa.
a llevar mis deseos
bordados por adentro,
con hilo que imitaba
mi sangre y mi piel,
enunciados capaces
de confundirse con la grasa.
Cubiertos,
callados,
fingiendo ser educados.
Que no me delataran,
ni siquiera
cuando me desnudaba.
Deseos húmedos en la garganta,
la casa de una voz
que hablaba mucho
pero no los nombraba.
Aprendí a conversar de otras cosas,
a morder la lengua,
a esquivar ciertas palabras.
Estaba acostumbrada
a no pronunciar mi nombre completo,
a partirlo en sílabas
fáciles de tragar.
Omitir mi biografía.
No dejar que todo el color de mis ojos
saliera al mundo,
porque el mundo
no lo deseaba.
Siempre al cincuenta por ciento.
Estaba acostumbrada, al menos,
a intentarlo.
Porque no duraba.
Eventualmente la verdad
se escurría;
salía de mis poros,
cuando estaba excitada;
o la escupía,
en un enunciado directo,
sobre un cuerpo agitado.
Después de eso
todo cambiaba.
Estaba acostumbrada
a que, una vez bien vista,
vista por completo,
desviaran la mirada.
Las ganas de tocarme
se quedaran en las manos
o espumaran en los labios.
se quedaran en las manos
o espumaran en los labios.
Pero el cariño,
la confianza,
la calma,
se evaporaban.
la confianza,
la calma,
se evaporaban.