Esas bayas que comíamos en silencio,
para que mis padres no se enteraran
de que comíamos tantas.
Dulces y gigantes.
para que mis padres no se enteraran
de que comíamos tantas.
Dulces y gigantes.
Y luego nos acostábamos,
sin hablar,
sobre el pasto.
Yo, a pensar.
Tú, quién sabe,
supongo
que solo a descansar.
El cielo tenía nubes
o no las tenía.
Algunas bayas eran rojas,
otras moradas.
otras moradas.
Largas y gordas como orugas,
manchaban mi ropa,
mis manos,
tu hocico.
Pero mi mamá no lavaba mis manos
ni mi ropa;
de la ropa se encargaba otra señora,
y nunca me acusaba.
Nos reuníamos
después de la tarea,
bajo el árbol,
a comer, acostarnos,
ver el cielo
y pensar…
en tu caso, solo descansar.
a comer, acostarnos,
ver el cielo
y pensar…
en tu caso, solo descansar.
Y así,
por siempre,
esas bayas
me sabrán
al silencio
que permiten
la compañía
y el amor.