No quería morir, obvio.
Y no quería saber nada sobre no poder salir solo.
No tenía tiempo para escuchar sobre reglas,
o aprender de medicamentos.
No escuchaba nada sobre su edad, sobre nuevos límites,
sobre vivir con otros, mudarse, cambiar.
Y no quería saber nada sobre no poder salir solo.
No tenía tiempo para escuchar sobre reglas,
o aprender de medicamentos.
No escuchaba nada sobre su edad, sobre nuevos límites,
sobre vivir con otros, mudarse, cambiar.
Nos escuchaba entrar al edificio. Nos esperaba.
A mi hijo le regalaba dos o cuatro mazapanes, los que mi hijo quisiera.
A mi me esperaba para darme el reporte de daños;
los nuevos dolores, las nuevas molestias, las nuevas idioteces que había hecho la enfermera.
Y un día hubo silencio.
Un día sin dulces ni quejas.
Un día sencillo, demasiado sencillo.
Y él no quería morir, obvio.
Y yo no quería que muriera así, solo.
Y no sé por qué, no sé bien por qué,
pero ahora soy yo la que lo espera.
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